o céu partido ao meio, no meio da tarde.

quarta-feira, 15 de março de 2017

El tren era mío

Todos los asientos vacíos lo
definían propiedad mía.
Yo era el señor de los rieles y, bajo mi voluntad,
dos señoras entraban al vagón
trayendo consigo baldes, escobas
y una gran fuerza al hablar portugués:
tan cerrado y bruto como sus caras
de fatiga y trabajo brazal.
Les permití ingresar rompiendo mi tesoro: el silencio
que inundaba morboso entre las paredes naranjas, de muy mal gusto. Yo las hubiera cambiado por algo más sobrio: tan sobrio cuanto la espera
de que el tren se despierte
y empiece a caminar lento, como un recién nacido.
Ambas gritaban entre sí, expeliendo palabras duras y acentos grotescos. Entraban y salían del baño
como si en vez de limpiarlo, lo adorasen: el mini ambiente cuadrado
con olor a mierda,
les agudizaba la "s" fuerte de cada final de los plurales dichos,
más bien escupidos,
de sus bocas.
Bailaban el valse de los productos de limpieza. Aguas sanitarias y desinfectantes marcaban el ritmo de su conversación
áspera, y de pronto,
como en un paso ensayado de una coda, "une grand finale",
salieron girando sobre sí mismas y sobre los baldes,
llevando consigo la brutalidad de ese idioma,
y entregándome a la cruda realidad
de que yo no era dueño de nada.
Yo era un rey sin reino:
solo poseía mis inseguridades
y nada más.
Yo era tan insignificante
cuanto el agua sucia
que llenaba a sus
baldes.


F;

quinta-feira, 20 de outubro de 2016

Comilona en Rivadavia

Hacía 35 minutos que yo esperaba. Un grupo de tres chicas comía helado sentadas en un banco. No sabía si ellas esperaban también o, si como el helado de esa tarde de domingo, solo se derretían en charlas infantiles y risas estridentes: risas de doce años. Tras mío pude sentir la presencia de alguien que también esperaba, pero no tuve el coraje -en realidad era falta de interés- en dar vuelta la cabeza y registrar quien era. Tampoco hizo falta. Como si pudiera leer mi indiferencia, se puso a mi costado desafiándome, haciéndose notar a toda costa. Era una señora beige de cara y de vestimenta. Desde su pelo hasta sus botitas todo tenía un color tierra y sus variantes: crudo, piel, marrón, y detalles de animal-print en la campera. Imposible no hacerle un espacio a mi lado: como su capucha de leopardo, la señora tenía aire de salvaje. Una fiera enjaulada: su grotesco interior se expresaba en la alusión al felino feroz que le envolvía el cuello y las muñecas. 
La vieja gatubela se acercó más. Caminaba tan lento y silencioso que no pude percibirla: era una leona caminando agachada por entre las carnes que paseaban en Rivadavia y yo -jamás sabré el por qué- yo fui elegido como su presa. 
Como si me conociera desde pequeño, me dice: - m‘hijo, qué número aparece en el cartel de aquél colectivo que viene? No veo de lejos y el sol da justo en el número. (Sí, yo tenía gafas de sol puestas. Era como si la señora me hubiera estudiado y planeado cada palabra para iniciar una conversación. El sol le tapaba el número del colectivo y yo me tapaba los ojos del sol. No pude no contestarle) - Es el cinco, le digo, en un intento de averiguar qué realmente quería esa mujer. Una señora mayor de tono tierra y estampa de animal no quiere solamente que le digan cual bondi viene, siempre quiere más: ella me quería y conmigo todo el tiempo que le podía dar. Me dispuse a ofrecerme como sacrificio y me entregué a su boca: ¡le ofrezco mis oídos, Oh Señora de las bestias! Y así empieza nuestra relación:
- La frecuencia del ocho es horrible. Peor cuando es domingo o feriado, pasan a cada hora, ¡un horror! - Sí, le digo, hace más de media hora que lo vengo esperando (A la señora no le importó lo que yo le dije. Ella estaba con hambre y encontraba en mi solemnidad de oyente un banquete). - Cada vez peor andan las cosas, me dijo. Yo podría haberme tomado el subte, pero elegí mal. Siempre elijo mal. ¡Y eso que soy jubilada y no tengo que pagar!  -dejó de ser leoparda y se rio como una hiena: la señora era un zoológico completo. Siguió: - Lo que pasa es que hoy en día, con este gobierno de mierda, ya no llego a fin de mes. Me privaron de los asados de los fines de semana, y si querés hacer un guiso, olvidate: más de 400 pesos para una comida consistente. Mis zapatos, estos que llevo en los pies, ¡tienen más de diez años! Me lo regaló mi cuñada, le tuve que cambiar la suela para que puedan funcionar por diez años más. (Es usted una mujer de pasos lentos, pero quien camina despacio llega muy lejos: 20 años de andar por la ciudad te pusieron los ojos de furia y te vistieron de salvajeria, pensé). Intenté agregar algo: - Sí señora, yo también pienso que la gente está ciega o finge estar ciega para sentirse más cómoda por haber elegido mal, y también... - Hay hambre!, me interrumpió. Ya no puedo más comer tanta carne, yo siendo tan carnívora como soy... (Sí, lo que le dije no resultó en absoluto. En este momento decidí tomar la posición a la que ella me había designado: una oreja de un metro noventa en la parada del ocho. Y habiendo aceptado mi lugar, me entregué aún más a sus caninos, como en un ritual de auto-escarnio-disfrutable, me sometí a su deseo).  - Digo todo eso y me río, continuó la vieja felina, liberando una carcajada en el aire pesado de la tarde. Me río porque no me gusta llorar, me río para llenar a mi estómago. Ahí viene el ocho.
Mi silencio bastó para que ella entendiera que yo consentía con todo lo que me decía y, como si un contrato de servicio se hubiera terminado, dejó de hablarme para extender la mano hacia la calle y tirarse bondi adentro. 
Nunca vi una mujer tan bestial y animalesca y famélica en esta la jungla de concreto. Yo que, no obstante, soy amante de la comida, me deleité con su buffet. La vieja gueparda apolillada de indignaciones y dictaduras me había arañado las vísceras:
yo fui su plato principal
pero también fui yo
quien se llenó aquella tarde
de hambre
de justicia.

F;

sexta-feira, 7 de outubro de 2016

La bruja de Santa Fe y Riombamba

La nena lloraba y sus gritos eran como los de un animal recién nacido que no sabe hacer otra cosa más que pedir ayuda, lanzando en el aire del colectivo una desesperación aguda y muy finita que arañaba los vidrios, las ventanas. Su madre la sostenía como quien sostiene a un trofeo y en su cara no se podía distinguir la fatiga del orgullo de tener tan linda muñeca en sus brazos: su sonrisa estaba cargada de cambiar pañales y amor materno.
Del otro lado del pasillo una señora gris miraba a la nena fijamente. Era una señora que se camuflaba en el color de las nubes, la señora era una nube: antigua, insípida y llena de joyas. Todo lo que en ella habitaba tenía el mismo tono: el saco, el pelo, los anillos en cuatro dedos minuciosamente elegidos, los pantalones, los dientes. Miraba a la nena blancaleche y sonreía. Pero su sonrisa, en cambio, era distinta a la de la madre. En su dentadura grisácea no se encontraba cansancio y trabajo, se encontraba deseo y sed. Le hacia señas a la beba para que dejara el llanto y, como si tuviera el aliento para correr todo el trayecto, le decía: - veni! veni! veni!
Todos en el bondi recibían la invitación como si la señora fuera amable y educada, pero yo pude ver su interior: ella añoraba la juventud de la pequeña de porcelana, una vampira que buscaba intrínsecamente robarle los pocos meses de vida que tenía. Su sonrisa no era dulce: su saliva era tan amarga que le había podrido todos los dientes. 
Al darse cuenta de que la criatura se tranquilizó -no por casualidad, sino por miedo- la vieja bruja se entregó como una flor dejada en la tumba y, de repente, todo el colectivo se puso oscuro.
Salté del asiento en un impulso de los que huyen de una sentencia de muerte, apreté el timbre y bajé corriendo. Me pude salvar, pensé, me pude salvar. ¿Pero y la nena? 
En ese instante algo en mi se reveló: detrás de aquellos anteojos de la anciana  -mucho más antigua que la ciudad- detrás de aquellos anteojos había cariño.
No había bruja, no había sed, no había mal. Ella miraba y sentía nostalgia. La señora, desde arriba de sus lentes, no pensaba en nada. La señora fue feliz en el transporte. 
Y yo, estúpido y alto, la envidiaba.
La vieja mujer de perfume avasallante y felicidad sin sentido, sonreía.
Le sonreí sabiendo que nunca podría entender el regalo que me había dado esa tarde.
Envuelto en mi mismo me alejé.
Y como quien recuerda una foto de la niñez con los cachetes embalsamados de chocolate,
sonreí una vez más
y la seguí envidiando:

La bruja era yo.

F;

segunda-feira, 12 de setembro de 2016

No se trata de entender

Un dolor liviano detrás de los ojos
quitaba el sentido y la postura.
Caminaba sin rumbo entre las luces y el concreto
y su sombra se dividía, intentando indicarle el camino.
Pero se dividía en cuatro! Ahora en dos,
y las luces, y los concretos, y las sombras
que se rozaban en la vereda.
Los pensamientos acumulados en la cabeza de su pucho
trataban de dejar que las cosas salgan,
y salían por los cordones, por los agujeros,
llenaban a sus zapatos con basura.
Sonó una campana! Y ahuyentó a las bestias de adentro.
De pronto reconoció la calle
y percibió que había andado... ¿cuántas cuadras?
no se sabe
y no se trata de saber.
Tiró su cigarrillo y con él todas las preguntas.
Dejar que salgan. Y salían, y entraban, y volvían a salir
pero algo quedaba.
Quedaba como esa piedrita en su calzado,
algo no salía, incomodaba.
Él era el centro de sus propia sombras,
él era su demonio.
No se trata de entender, se trata de dejar que pase.
Y pasó.
El minuto nauseabundo y con ello la obligación de comprender.
No trató de nadar
trató de dejarse.
Y agotado
sin tratar de,
se dejó
zambullir.

F;

sexta-feira, 29 de julho de 2016

Conjuro

Afuera el aire casi no soplaba
y la noche abrigada con guantes
le acariciaba el tope de la cabeza
como si un vestido púrpura y de terciopelo
reposara lento sobre su sien.

Temblaba un poco, pero por costumbre.
El beso congelante del viento no le ganaba
al frío de sus cachetes
duros y muertos.

Y la muerte se le había cruzado hoy en pensamiento.
Lo gracioso es que pensara en la no-existencia
mientras el agua caliente de la ducha
le abrazaba la espalda.
Una idea helada en un ambiente donde el calor predomina
hace con que los reflejos transpiren
y que toda imagen quede atrapada
detrás del aliento miedoso del vidrio.

Su último tabaco le saltaba por la boca,
huía de sus pulmones con mucha prisa,
y se quedaba pairando a la altura de su mirada
intentando acercarle el cielo.

El cuarto acogedor lo invitaba a los gritos
pero él ya había elegido la palabra.
Sin saber el motivo, se quedó mirando por la ventana.
No entendía lo que le generaba conocer el conjuro de la noche
que tapaba a sus ojos
y le cantaba, oscura y acogedora,
una canción
para
dormir.

F;